PRÁCTICA PROFESIONAL AGRONÓMICA

“Promoción de Buenas Prácticas Agrícolas en el uso de fitosanitarios, en el distrito de Alejandra, Depto. San Javier, Pcia. de Santa Fe, a través de la aplicación de ALGEFIT”.

Alumno: Baumgartner Federico Agustin
Tutor Interno: Ing. Agr. Susana Grosso
Tutor Externo: Ing. Agr. María de los Ángeles Lesman

1.1. El uso de fitosanitarios en la agricultura argentina: desafíos y oportunidades La agricultura en Argentina enfrenta desafíos significativos relacionados con la sostenibilidad de su modelo productivo, caracterizado por el uso intensivo de fitosanitarios. Este enfoque ha permitido importantes avances en productividad, pero también ha generado conflictos sociales y ambientales, especialmente en áreas periurbanas donde convergen intereses agrícolas, urbanos y ambientales. En este contexto, el presente trabajo aborda la gestión de fitosanitarios desde una perspectiva técnica y normativa, tomando como caso de estudio la Comuna de Alejandra, en el departamento San Javier, provincia de Santa Fe.

Esta práctica profesional tiene como objetivo principal proponer estrategias de gestión que minimicen los conflictos sociales y los riesgos ambientales, promoviendo el uso responsable de fitosanitarios bajo los principios de las Buenas Prácticas Agrícolas (BPA) y para ello, implementa el Algoritmo de Gestión de Fitosanitarios (ALGEFIT), una herramienta diseñada para facilitar el  ordenamiento territorial y la toma de decisiones en comunidades rurales.

El marco normativo vigente y los criterios técnicos adoptados, validados por el tutor externo con experiencia en la temática, constituyen la base para justificar las recomendaciones elaboradas en este trabajo.

La agricultura en Argentina se caracteriza principalmente por la producción de cultivos como girasol, soja, maíz y trigo. El incremento en la producción de granos está vinculado tanto a la expansión de la superficie cultivada, mediante la incorporación de áreas antes destinadas a la ganadería, como al aumento del rendimiento por hectárea, logrado a través del uso de paquetes tecnológicos. Estos incluyen la siembra directa, variedades transgénicas, agricultura de precisión, fitosanitarios y fertilizantes (Satorre, 2005). Según el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), el país destaca por un elevado uso de productos de síntesis química en su producción agrícola. De hecho, la cantidad de agroquímicos aplicados pasó de 1,95 litros por hectárea en 1991 a 16,11 litros por hectárea en 2020, lo que representa un incremento de más de ocho veces en menos de tres décadas. Los herbicidas constituyen el 42 % del total de productos aplicados, seguidos por los insecticidas (23 %) y los fungicidas (20 %) (Agencia Tierra Viva, 2023).

Actualmente, cerca de 36 millones de hectáreas se cultivan en Argentina, utilizando aproximadamente 600 millones de litros de fitosanitarios anuales, lo que implica la generación de 17 mil toneladas de residuos de polietileno para la confección de envases (Guerrero, 2022). Este contexto responde, en parte, a la creciente demanda mundial de alimentos, que, según la FAO (Organización Mundial para la Agricultura y la Alimentación), deberá incrementarse un 60 % para 2050, creando un mercado en expansión para los fitosanitarios. Si bien estos productos son fundamentales para garantizar incrementos significativos en el rendimiento agrícola, su uso excesivo o inadecuado genera impactos negativos en el suelo, la atmósfera, las personas, los animales y los ecosistemas en su conjunto (Ramírez y Lacasaña, 2001).

Los fitosanitarios, también conocidos como agroquímicos, son compuestos destinados a proteger la salud de las plantas y los alimentos. Pueden ser de origen natural, biológico o químico, y su objetivo principal es prevenir o mitigar los daños causados por plagas que afectan la cantidad y calidad de la producción (CASAFE, s.f.). Su clasificación se realiza según diversos parámetros, como la toxicidad, la vida media en el ambiente, el uso y las propiedades químicas. La toxicidad se mide mediante la Dosis Letal Media (DL50), mientras que su vida útil en el ambiente permite categorizarlos como permanentes, persistentes, moderadamente persistentes o no persistentes.

Otra forma de clasificación se basa en la plaga que controlan: fungicidas para hongos, insecticidas para insectos, acaricidas para ácaros, y herbicidas para malezas, entre otros. En cuanto a su estructura química, abarcan familias diversas, desde organoclorados y organofosforados hasta compuestos inorgánicos (Ramírez & Lacasaña, 2001).

A pesar de los beneficios asociados a su uso, su manejo responsable y conforme a las Buenas Prácticas Agrícolas (BPA) es crucial para minimizar los impactos ambientales y garantizar la sostenibilidad del sector.

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